jueves, 9 de diciembre de 2021

(Sen título)

Cabo do mundo,

onde creban as ondas de ámbar

e deixan tatuaxe cavernaria


no Hoxe.


Estiven alí esta mañá,

hai sesenta anos,

unha pícara que aínda andaba collida da man,

horizontes consortes en praias alleas,

todas marelas e cansas,

todas bicadas e mutiladas

polo Sol e polo Nós,

polo Mañá e polo Intre.


Cabo do mundo,

onde creban pescozos

e tosen ámbar


en se retornar ao mar.

domingo, 13 de junio de 2021

Manifiesto en contra de la nostalgia selectiva

Antes estaba aquella incertidumbre.

       Salvaje.
       Desnuda.
       Despiadada.

Rompía las mandíbulas.
Desencajaba los codos.
Cercenaba el sueño.


Antes estaba aquel pánico.

       Dentado.
       Agresivo.
       Callado.

Después, la vida.

Después, vivir.


Antes venía el fuego.
Antes bramaban guerras 
       agonizantes
       jeringuillas
       orines
       alarmas
       hastíos.


Antes venía la canícula.
Antes era Hans.


Después, la vida.

Después, sobrevivir.

jueves, 3 de junio de 2021

Poema al Cabo Vilán

 



Mis pies descansaban en la roca
de espaldas al viejo faro,
en la torre imperturbable del vigía
tropezaba el trazo imaginado de una luz insuficiente.

La veía chocar contra su discípulo
con la claridad del amanecer que se imponía
y ambas llamas, real y figurada,
eran un barrito de ballena en el desierto.

No había nadie, sólo almas.
Ni la roca agreste que ejercía de pedestal
tenía entidad corpórea: el mar era un bramido;
la ruina, un aliento; mi cuerpo, liviano como una nana.

Todos éramos espíritus en aquel amanecer
y todos éramos partes del mismo susurro.
Se me agolpaban en el esófago todos los versos
de la historia de la Poesía; ni una palabra reclamaba forma.

Éramos tú y yo,
luces nacientes y luces extintas con los años,
el estruendo catártico
del silencio.

Éramos la balada del tiempo,
la chispa de la rima,
el vértigo de aquellas noches cuando te inclinabas
intentando vislumbrar tu reflejo en el mar.

Éramos tú y yo, Vilán,
excluyentes,
tu quietud en mi mirada
y el futuro a la deriva.

Éramos la ruina de un aliento,
aquella luz imaginada de trazo insuficiente,
mil cuerpos masticados por rugidos
y tantas otras almas suturadas al desierto.

Eras tú, Vilán,
y yo no era nada;
yo era tu eco 
y tu voluntad.



miércoles, 18 de noviembre de 2020

La carrera

Amanece blanco, un cielo ciego que no alberga emociones. Acaricia el sonido acolchado de las olas en la bahía, sopladas por la primera brisa del día.

Nada se mueve, pero el silencio está cargado de percusiones distantes: las del mar contra los muros que lo contienen, las de algún neumático raspando el suelo, las de mercancías depositadas con apuro. Gimen también las gaviotas, dueñas de la calle aletargada; salpican sus picos ambarinos del olor intrusivo a sal.


Adelantas una pierna y luego, la otra. Caminas. Te dejas guiar por la promesa de algo vivo más allá del asfalto y las barricadas de piedra sombría que conforman edificios incoherentes: un acristalado que antes no estaba junto a viviendas bajas sin dialéctica y algunos escupitajos de eclecticismo. La calzada recién estrenada contrasta con algún solar escombrera, guiños de la Tomás A. Alonso que conocías. La encuentras en su mugre, que ahora asoma tímida en medio del buen aseo, pero no se ha ido del todo. Te detienes ante la pensión Vista Alegre, peinada y presentable como si fuera nueva, como si no te hubiera desnudado aquella noche de hace más de doce años. Piensas en si era Sandra, o Alexia, o María; ni siquiera lo tienes muy claro, tampoco a cuál de las tres caras corresponde cada nombre. La cúpula del 224 aún no se ha caído y se te escapa una sonrisa recordando aquella apuesta que, por suerte para quien valore tales cuestiones estéticas, has perdido. Exhala destellos de color cobre con los primeros rayos del sol y sientes que te está devolviendo la mueca nostálgica: el pasado dejó de existir en el mismo instante de su presente.


La Alameda también la han modernizado y no queda rastro de jabón. No sabes si aún se harán aquellas fiestas improbables de cuando eras niño. Los adultos estaban, pero no te enganchaban una correa en el cuello y no les preocupaba que pasaras el resto de la tarde con los pies chapoteando en zapatos mojados. Estaban, pero eran como un faro esperando en la costa: alumbraban y aseguraban, pero tú seguías a flote en mitad del inmenso mar.

Allí me conociste en 1997 o 1998: un tiburón que se da de bruces con la espuma de la marea, siempre besando la playa. Piensas en aquel julio mientras te sientas bajo ramas semidesnudas y buscas lo permanente entre el recuerdo y el ahora.

Desde luego, suspiras atragantando una risa, ya no eres ningún tiburón. Aquella carrera desbocada y sin meta se fue apagando por el camino y ni siquiera sabes cuándo corriste por última vez. Te fuiste arrancando capas como si fueras una cebolla. Primero fue la droga de lo inmediato, un cáncer que te había ido incendiando hasta que casi no quedaba carne por arder. Las demás capas cayeron solas: el humor sano sin aderezo irónico, la mirada que buscaba un horizonte por detrás del horizonte, los hombros que podían soportar sin encorvarse el peso de la noche en el mar.


Fuiste un imbécil los primeros tres años, lo sabes mejor que nadie. El miedo te ponía enfermo y mi sola presencia te producía unas migrañas insoportables. Me empujabas si me encontrabas en tu camino, me pisabas si intentaba ir por delante de ti. Mi aspecto fantasmal te evocaba un molusco enganchado a las rocas, incapaz de nadar con el oleaje. Verme te daba ganas de hacerme desaparecer.


Se oyen los primeros acordes de algún bar, sillas que recuperan su posición diúrna y ceniceros de cristal sobre el plástico de algún anunciante. La iglesia tampoco se ha caído y permanece robusta, sobria como aquellos adultos de tu niñez, cada vez más escondida en una bahía excesivamente terrestre.

Ahí está el mar, ahí está aquella Bouzas donde eras un tiburón y yo, la espuma de las olas. Donde me despreciabas hasta que te descubrí desnudo y tuviste que frenar en seco. Era la primera vez que lo hacías y al principio no supiste cómo reaccionar. Titubeaste, quisiste volver a emprender la carrera y tropezaste antes de haberte alejado dos pasos. Miraste atrás y me viste: una fantasmagoría que se alimentaba de fobias y luchaba desesperadamente por besar la arena.


Teníamos trece años y sufrimos una colisión grave. Tú corrías todo el día, pero repostabas en aquellas charlas en la playa, sin careta ni reputación y con tan sólo millones de sueños agolpándose en tus pestañas.

Yo te veía como no lo había hecho nadie y respiraba tu pasión por el océano infinito. Me enganchaba a tus aristas como un molusco y te dejaba ir cuando bajaba la marea. Mi rostro fue tomando color y hasta aprendí a sonrojarme; tus jaquecas se hicieron más leves.

A los dieciséis, si no te falla la memoria, fue cuando tomaste aquella motora y quisiste salir al mar abierto; te rescataron con el último aliento de la esperanza y te engancharon una bolsa de suero.

Cuando abriste los ojos, preguntaste por mí y, tres días más tarde, me echaste en cara una primera ausencia; callaste y hasta hoy has callado tus infinitas faltas.


Dejas que los dedos se acostumbren a la textura de la arena húmeda y avanzas hasta el lametón del agua. A la derecha, el campo de fútbol que tan reducido se les antojaba a tus ganas desbocadas. Al otro lado, bares y migajas de playa y la silueta oxidada de la baliza del matadero. Caminas hacia dentro como cuando remabas con vehemencia por perder de vista todo faro, todo muelle, toda posibilidad de equilibrio terrestre. Piensas en la ruptura y en cómo un día volví a acercarme como si no recordara nada. En los años de no saber cómo se llamaban las chicas que corrían a tu misma velocidad y en el lugar donde frenabas para tomar aliento.

Se te pegan los vaqueros a las rodillas y miras atrás, a Bouzas, los contrafuertes en paralelo, la ensenada excesivamente vestida.


Es difícil captar formas y detalles a alta velocidad. El paisaje se queda en la retina como un puré de colores que configuran la versión impresionista de ese mundo. Al tren que vuela sobre las vías tampoco se le distinguen letreros ni señas de identidad.

Bebes a tragos de tus manos agua de mar, sucia de arena removida y de algas y bichos, toses y te atragantas y sabes que acabarás vomitando. Piensas en aquella vida en la que eras un tiburón y nadie distinguía tus señas de identidad. Piensas en aquel muchacho fantasmagórico que suplicaba con los ojos húmedos cada una de tus paradas. Yo podía leer lo que decía el tren. Lo observaba dejar viajeros y acoger otros nuevos. Admiraba la resistencia de un recorrido tan duro, aquella locura frenética por vivir.

Gritas y pataleas y te sublevas contra la calma de olas infantiles que parecen haberse quitado capas como las cebollas. Lloras y suplicas que arranque una tormenta letal, que el mar refleje gritos que tu cuerpo ya no tiene energía para sudar. Tienes la boca llena de sal y arena y la garganta, agrietada. Te secas las lágrimas con manos mojadas y temblorosas, contemplas el puente que cierra la pequeña ría y te sientes preso de cadenas invisibles: un tiburón en tierra.

Bajas las orejas como un perro sumiso. Yo nunca fui un puré impresionista.


Vuelves a la playa. Duermes un rato a la orilla, te dejas lamer.

-He llegado – suspiras.


Después de tanto correr.

jueves, 4 de junio de 2020

GIRI

Vetas capilares ramificadas,
raíces carmesíes
tatuadas en seda
tatuadas en labios
tatuadas en ojos
               negros
               sin noche.

Raíces carmesíes de Uno
de Uno cuerpo
de Uno aquí
de Uno noche.

Raíces carmesíes sobre seda
escritas en la Historia
oxigenadas a carbón
                 espumoso
                 sin sangre.

Vetas carmesíes raíces,
asfixias ramificadas
bordadas en tráqueas
bordadas en pómulos
bordadas en piernas
                rotas
                sin noche.

Una luna plástica
y la lluvia pastosa,
almizcles horcas
perfumes abrazados
                 vetados
                 tatuados

cabezas

                 sólo las cabezas

en sus estacas.

miércoles, 3 de junio de 2020

Contra el horizonte atlántico

Acaso un esquema.
Concepto.
Sin rasgos plásticos.
Sin voz.
Sin risa.
Movimientos negros
en marco dorado.
Modulor.
Acaso un esquema.
Monigote.
Sin mirada.
Sin facciones.
Sin vaivenes pulmonares.

Concepto.
Columna.
Meta e ideal.
Raíz misma de Mí.
Acaso un esquema.
Acaso una sombra china.
Acaso una idea
enmarcada en oro pálido
enmarcada en oro líquido
enmarcada en oro
                       
                             fundido
                             fundiente


al hueso
al concepto
al Modulor.


Acaso un esquema.
Acaso una línea.
Acaso un fonema.

domingo, 19 de abril de 2020

El miembro fantasma

Si no soy más
que un cuerpo
-un cuerpo monstruoso
en una pila de cuerpos-
piel en brasa viva
gimiendo en el río;
piel cubre carne
cubre hueso
cubre vísceras
cubre cables.

Si no soy más
que un cuerpo
-un cuerpo estrujado
en una fosa común-
lengua adherida al hielo
que se desdobla serpentina;
lengua lame pus
lame sangre
lame bilis
lame heces.

Si sólo somos cuerpos
en una torre inclinada,
muslo con muslo
          con boca
          con talón
                con intestino

en Auschwitz                  
en un hotel                     
en el Ota                        
en un sótano                  
en camas comunes       
en besos comunes        
en fosas comunes         
en brasa viva                 
en el río                         
gimiendo                       
adhiriéndonos               
esposándonos              
cosiéndonos                 
aleándonos.                 

Si sólo soy un cuerpo
-Varsovia, 1939-
si sólo soy una cara común
-ojos, nariz, boca-
si sólo soy somos.

Si sólo soy una lengua
si sólo soy un cadáver
si sólo soy lo que queda.

Si sólo...

Si acaso.

Si acaso soy visible,
si acaso soy tangible,
si acaso soy
pielcarnehuesovíscerascables.

Si sólo.

Si acaso.

Si doliera algo invisible.

                           Intangible.

                       No-piel.

                              No-cadáver.

                               No-intestino.

Si acaso fuéramos los miembros fantasma.

Si no nos viéramos.

Si no ocupáramos fosas comunes.

Si no escupiéramos puses comunes.

Si sólo.

Si a veces.

sábado, 11 de abril de 2020

TRIBAL

Tribales movimientos
que desplazan tu aliento
que me desplazan por tu aliento
que danzan, tribales,
que escupen y se alimentan 
de sus vísceras.

Tribales danzas
se atrincheran en tu tráquea
me atrincheran en tu tráquea
que vibra, chamánica,
que se pliega y se te pliega
y te absorbe el aliento.

Tribales embestidas
que reclaman tu aliento
que me reclaman en tu aliento
que se pliegan, tribales,
que vibran y escupen
sus vísceras.

miércoles, 18 de marzo de 2020

FLOTAMOS

Flotamos
en un espacio extraño
en nuestra casa extraña
deja de ser hogar cuando se obliga
        de ser amor cuando se impone.

Bebemos
de labios azulados
salivados de hipocresía
no es mentira si se abraza
          calumnia si deleita.

Olemos el mar vetado,
regalado a la arena,
regalado al cormorán,
regalado como si hubiera sido nuestro,
regalado como si no lo hubiéramos robado.

Olemos el mar vetado
y sólo vemos barrotes,
olemos el mar vetado
y ansiamos su horizonte.

Flotamos
en una bebida amarga.
Bebemos
para soportar el hogar
                       el amor
                       la calumnia
                       el deleite.

domingo, 15 de marzo de 2020

RILKE

Y tú, en el centro de todo,
observando el Moldava como un dios
y sabiéndote allá arriba
donde no pueden tocarte,
donde no pueden morderte,
donde no hay proyecciones de sombras chinas
                                   de antenas
                                   de cruces de granito
                                   de manos marmóreas.

Y tú, en el centro de todo,

bebiendo el Lucerna como un dios
y muriéndote allí arriba
donde no pueden tomarte
la cara entre las manos,
donde no pueden oírte vivir
                                     verte asfixiar
                                     contarte los segundos.

Y tú, en el centro de mi mundo,

psicológico,
una figura cambiante en el Sumida,
muñecas amarradas,
psicofonías,
sonrisa cóncava.

               Y tú



               huella



               quizás



               adiós



               mañana.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Mujeres que sostienen

Mujeres que sostienen edificios sostienen ventanas
sostienen
tus manos y te encaran y te suplican que te veas
y te arrancan el mundo que pulverizas y te atan los cordones y te amamantan
y te descosen
a veces
y se embarazan de enojo
y se embarazan de furia
y se embarazan de hartazgo
y tedio
y aire o falta de aire
y ceguera de verse
de saberse
de saberte.

Mujeres de pechos firmes

sin sombra de edad sin sombra de vida
sin huella del mundo rugoso del deseo brasa en suelo mojado
del horror sordo de la esclavitud de la libertad
de la libertad de ser esclavo
de la esclavitud de ser libre.
Libre el que tiene dueño
reo loco de la autogestión
de la moral autoimpuesta autodecidida
autoevaluada autosancionada.

Mujeres que sostienen edificios sostienen ventanas

sostienen
mentiras repetidas muchas veces
verdades repetidas muchas veces
techos de vidrio pintado sombras de araña danzando en la viola
en la garganta
en las cuerdas percutidas
en tus brazos
en mis brazos que te sostienen y te veneran y te reclaman
en los arcos casi góticos
en el sabor trufado de Barcelona
en la humedad elástica de Bergondo
de Mondoñedo
de Malá Strana.

Mujeres que sostienen edificios sostienen ventanas

sostienen


el mundo.

viernes, 20 de julio de 2018

A veces

A veces,
no hay Poesía que valga.

Caemos.
Morimos.
Escupimos la tierra tráquea afuera
y de las fosas nasales.
Gateamos como recién humanos.
Despreciamos la luz del sol.
Volvemos a intentar vivir. 

A veces,
no hay Poesía que valga.

domingo, 17 de junio de 2018

Calatalifa

Ama desnuda la loca aquella
         que sólo viste engaños
y no es más que un riñón y sangre y bilis.

Ama desnuda la bruja aquella
         que sólo se pone caretas
y baila sin abrigos cárnicos ni pellejos.

No tiene ojos de vidrio

y se le pudrió la lengua hace años.

Escucha, aborrece las interrupciones
y bambolea las caderas como un péndulo,
legado de la búsqueda aquella de reunión,
de la fantasía aquella de engendrar.

Ama sin pieles la puta aquella
         que viste sólo cebos
y llora sal y urea y plasma.

Ama sin sexo Calatalifa,
         que se pone sólo espejismos
para poder tener voz.

No tiene ojos de vidrio

y de las cuencas cuelgan lombrices.

Palpa, se complace de guiar pulsaciones
y acaricia ropas que son disfraces,
legado del viaje a Junction City,
de la ensoñación aquella de rimar costillas.

Ama desnuda la reina aquella
         de nombre ahogado en ilegitimidad
que no es más que órganos podridos.

Y, sin nombre, se adjudica Calatalifa
y se proclama ruina cadavérica
del espejismo de ser.

sábado, 17 de marzo de 2018

Querido Mr. Jones

Querido Mr. Jones,
el mundo ha seguido girando
y eso prueba tu existencia.
Los puñados de sensibilidad
en que me hiciste hundir las uñas
se fertilizan a diario
con la dicción precisa
de ángeles hippies al piano
e ilusiones libres de arnés.

Querido Mr. Jones,
en ocasiones he creído verte
en miradas castañas y americanas salidas del tinte
y después he tenido que parpadear
porque se me irritaba el ojo izquierdo
a causa del propileno,
reflectante como el trayecto de Londres
hacia el lecho de Peter Pan.

Querido Mr. Jones, 
estabas allí sentado en un café de Malá Strana,
sonriéndole a Lennon
-o a los pedazos de él que elegimos exhalar-
y desafiando al tiempo y a la razón:
semidiós por victoria,
¿los derechos son todos de alquiler?

Querido Mr. Jones,
te vi en San Valentín
junto a la estación de este tren que ya no funciona
y me quedé mirando, absorta, 
cómo se te guiñaban las pestañas
al pasar la camarera más guapa de Lugo
y la forma en que tus nudillos
acariciaban la vida sin tropezar;
los arañazos son voluntarios
y tú vives en la hierba
y cruzas las piernas bajo ese hilo de humo
que previene de la llegada de la locomotora
procedente de algún siglo pasado.

Querido Mr. Jones, 
hace dos años que no me lavo las manos
porque, habiéndolas colado entre tus omóplatos
y en el mismo hueco de la clavícula,
sólo este aliento amarillo dentro de mis uñas
proyecta la fantasía de un mundo
que sigue girando.

domingo, 15 de octubre de 2017

Agosto sangriento

Agosto nos secó las venas,
sucia sanguijuela
que se emborracha de nuestra savia,
obsceno cirujano
que me extirpa el agua y la raíz.

Llegó con su luz incandescente
y nos quemó la brisa,
nos ahogó el aire y la sal,
selló nuestras grutas subterráneas.

Agosto llegó, sangriento,
con ropa sucia en las manos,
y nos incendió el alma y sorbió nuestros sesos,
obsceno cirujano
que nos arranca al feto de los brazos.

Nos secó las lágrimas con su luz insoportable
y enraizó en nuestra tierra,
violó nuestros bosques y laderas
y selló nuestros ojos calcinados.

Y cruje, y cruje, y cruje...

Sangrienta sanguijuela.

sábado, 14 de octubre de 2017

Afrodita

Descubro mi propio rostro en la altivez con que esas olas indomables arrancan a las rocas del Egeo quejidos como bofetadas. Solías sentarte en la arena y transformar en versos esos sonidos que ahora se me antojan mordaces; te creía cuando deducías inocencia en la belleza fría de sus besos salinos.
Me arranco pellejos de debajo de las uñas mientras me veo en cada azote. Cierro los ojos y escucho mis propios besos en los latigazos del mar. Te fuiste y me gustaría decir que el luto al que me he forzado tiene que ver contigo, pero es meramente egoísta. No lamento que no hayas tenido más tiempo, sino que yo no lo haya hecho. Noto tu ausencia en la forma en que mi ego tiene hambre, en mis muñecas que ya no sujetas para obligarme a darme libre y sin control.
Mi amor se estrelló en ti, mi amor propio se estrelló en ti y me hizo pensar en una capacidad de entrega a la que no podía llegar. Te lloro en esta misma playa y sé que me lloro porque no es a ti a quien echo de menos, sino a mí: la voz, la algarabía, el vigor cuando te escuchaba leer poesía vieja y hacer de ella algo recién parido.
No me rompo porque no era más que el eco de un ego insaciable, de un deseo tan hedonista que no entiende de deseos ajenos, de tu deseo. No me rompo porque tú fuiste el impulso, pero nunca la finalidad.
No me rompo como esas olas indomables lo hacen contra las rocas de Mitilene porque recordaré tus pechos, y tu pluma siempre entintada, y el calor de mi propio útero; pero nunca con la veneración ciega de la amante deshecha por otra piel, sino con la altivez de quien no se deshace por nadie.

Y los quejidos de las rocas, bofetadas de agua salada, se parecen al sonido de mis besos cuando a quien besaba, más allá de tu piel, era a mí.

domingo, 20 de agosto de 2017

Sin-Cara

Mi conocimiento de tu cuerpo
es meramente gramatical

y tus nociones sobre mi alma
son acordes malinterpretados.

Nos observamos a través de lunas tintadas
y nos arrancamos la piel con guantes de goma.

Soy carnicera de tu cuerpo
del que veo sólo ecos,

me laminas el alma
de la que apenas oyes sombras.

En la Multitud, nada nos identifica,
nada me hace diferenciarte del resto,
nada te lleva a señalarme.

En la Soledad, somos un espejo:
veo en tu alma mis carencias,

ves en mi cuerpo tu ausencia.

domingo, 2 de julio de 2017

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miércoles, 24 de mayo de 2017

Odd

La poesía renace en la noche,
cuando los fantasmas alzan la voz.

La poesía germina en el desierto
y se enzarza en lasciva pelea con la nieve.

La poesía es una noche larga
y nieve sobre Belfast.

La poesía es un hombre muerto
y rima enmohecida.

La poesía baila las copas de más
y escribe su nombre en el agua,
tiene cabellos rojos y mirada de atardecer.

La poesía besa la náusea
y deja pisadas irregulares,
blande gritos mortales y se atraganta en ellos.

La poesía renace del útero estéril
y se alimenta de vísceras palpitantes.

La poesía es una mañana acuosa
y el luto de Fanny Brawne.